

Nadie combina lo épico y lo íntimo con tanta maestría y estilo. El séptimo álbum de estudio en solitario de Jack White comienza con una cálida bienvenida. Sobre guitarras distorsionadas y un ritmo de batería contundente, el tema que abre Frozen Charlotte, “G.O.D. and the Broken Ribs”, nos invita a adentrarnos en él: “Welcome to the Garden of Eden/There’s nobody here but me and you.” (“Te doy la bienvenida al Jardín del Edén/Aquí solo estamos tú y yo”). Es un tema minimalista y fanfarrón, construido en torno al inimitable sonido de guitarra del icono del rock, su asombrosa habilidad para crear estribillos de la nada y su carisma natural. Se trata de una canción densa que marca la pauta de Frozen Charlotte, un álbum en el que White intenta hacer eco de las primeras líneas, aquello de “aquí solo estamos tú y yo”. Durante casi dos décadas, White se ha esforzado por optimizar su proceso de producción musical para que se desarrolle completamente dentro de sus propias capacidades operativas en Nashville. Se trata de un álbum de vuelta a las raíces, como ya lo fue en 2024 No Name, y el resultado es a la vez épico en cuanto a su ambición e íntimo por naturaleza. El sonido es casi coloquial, como si White estuviera dando un conciertillo en el local oficial de Third Man Records. Su música es potente, pero refinada y precisa. Canciones como “You’ll Never Fix Me” son ruidosas y desinhibidas, pero White siempre mantiene el control. Pocos logran plasmar su visión en un álbum como lo hace él. Cabe destacar que, casi tres décadas después del inicio de su carrera, con el lanzamiento de Frozen Charlotte, este estilo se vuelve aún más evidente. Nuestra canción favorita: El tema de cierre del álbum, “Neighbors Blues”, incluye un solo de guitarra que es emblemático desde ya y se une al panteón de las canciones de White que imaginan cómo sonaría Led Zeppelin si fueran una banda de bar.