10 canciones, 34 minutos

NOTAS EDITORIALES

La desnudez emocional y melódica de Bon Iver contrasta inesperadamente con el sonido sofisticado de 22, A Million. Etéreas y directas al mismo tiempo, complejas pero también brutalmente sencillas, sus canciones tienen todo el brillo de una producción electrónica pero llegan al corazón con la inevitable precisión de una flecha que se clava en el centro de la diana. Sin apenas pausa entre una canción y la siguiente, este es el equivalente sonoro de un viaje interior de destino incierto pero ilusionante.

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La desnudez emocional y melódica de Bon Iver contrasta inesperadamente con el sonido sofisticado de 22, A Million. Etéreas y directas al mismo tiempo, complejas pero también brutalmente sencillas, sus canciones tienen todo el brillo de una producción electrónica pero llegan al corazón con la inevitable precisión de una flecha que se clava en el centro de la diana. Sin apenas pausa entre una canción y la siguiente, este es el equivalente sonoro de un viaje interior de destino incierto pero ilusionante.

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