Brahms: Piano Concertos & Solo Piano, Opp. 116–119

Brahms: Piano Concertos & Solo Piano, Opp. 116–119

“Christian Thielemann y yo estamos musicalmente alineados”, cuenta Igor Levit a Apple Music Classical en referencia a su álbum de conciertos para piano y obras solistas de Brahms. “Confiamos ciegamente el uno en el otro. No analizamos las cosas; simplemente empezamos a tocar. Una y otra vez, me sorprende lo similar que respiramos y cómo compartimos la misma manera de pensar, fantasear e imaginar estas piezas”. Es raro encontrar a dos intérpretes con tantos puntos en común. Hay artistas que pasan toda una vida buscando su contraparte perfecta, y cuando la encuentran, no la dejan ir. La mayoría de los pianistas estarían felices de trabajar en un sólo concierto de Brahms, pero la magnitud de este proyecto pareciera indicar que Thielemann y Levit aprovecharon la oportunidad de grabar tanto como fuera posible, mientras sus agendas lo permitían. “Cuando la química existe y realmente quieres hacer algo, sería una estupidez desperdiciar la ocasión”, afirma Levit. “Como dice Eminem en ‘Lose Yourself’: si tuvieras una oportunidad, ¿la dejarías escapar? Claro que no, la aprovecharías”. Apasionado y juvenil, el Concierto para piano No. 1 de Brahms se estrenó con relativo éxito en enero de 1859. Concebido como un homenaje conjunto a Robert y Clara Schumann, requiere un riguroso trabajo en equipo. Esta obra monumental, de casi 50 minutos de duración, tiene un peso sinfónico que desafía al pianista pues debe mantenerse a flote en todo momento. En algunos pasajes, los 22 minutos del primer movimiento se asemejan a un pulso constante, pero en esta contienda la batalla está exquisitamente equilibrada, ya que Thielemann extrae una interpretación profunda de la Filarmónica de Viena sin abrumar a Levit, quien admite sus propios conflictos internos con el arreglo. “El Concierto No. 1 es exigente a nivel emocional”, comenta. “Me refiero a que su oscuridad, extensión, intensidad, lenguaje musical y tonalidad te consumen la energía”. Pese a sus ocasionales protestas, Levit le otorga un vigor radiante al “Adagio”, uno de los momentos más hermosos en la obra de Brahms. Reflejando las interpretaciones pasadas, el movimiento final logra una combinación de ligereza, romanticismo y explosividad. Es, quizás, en este instante cuando se percibe mejor el balance delicado entre piano y orquesta. Por su parte, el Concierto para piano No. 2 es toda una paradoja. Compuesto 20 años después del primero, es aún más largo y complicado técnicamente. Sin embargo, la generosidad y calidez de su música es evidente desde la suavidad de sus primeros compases, en los que el piano de Brahms responde al sonido de un corno solitario, como un llamado que surge desde un valle en los Alpes. Por otro lado, el segundo movimiento es apasionado, con la orquesta y el piano entrelazándose violentamente, mientras que el tercero es un inesperado rayo de sol, con un violonchelo solitario que le roba el protagonismo al piano. La parte final requiere un derroche de virtuosismo, pero la gracia natural de su personalidad recuerda a Mendelssohn. Levit está de acuerdo con lo anterior. “Es tan difícil de tocar”, exclama. “Tiene tantos momentos distintos, con cimas resbaladizas, notas dobles y octavas, que es una locura. Pero cada vez que llegamos al final, siento ganas de empezar de nuevo porque la recompensa es grandiosa. Es como interactuar con la persona más hermosa que te puedas imaginar”. Después de este segundo concierto, Levit presenta las últimas obras para piano del compositor: opus 116, 117, 118 y 119, piezas breves que reflejan el lado más íntimo de Brahms. Los intermezzos (especialmente el opus 117, No. 3 y el opus 118, No. 2) son bellísimos y emocionalmente complejos. “Quise tocarlas durante mucho tiempo”, afirma Levit, “pero creía que me faltaban las cualidades necesarias: la respiración y paciencia emocional. Tuvieron que pasar muchos años para que sintiera que finalmente estaba listo para interpretarlas”.

Disco 1

Disco 2

Disco 3